Una vez hayas volado, caminarás sobre la tierra con los ojos en el cielo; porque allí has estado y allí deseas volver.

Once you have flown, you will walk along the ground with yours eyes lifted towards the sky, because you know what it is to be up there and you long to return.

Leonardo da Vinci

Viajar

Hay hombres que viven toda su vida sin salir de su aldea. Entre ellos, algunos, sueñan con viajar a lugares lejanos, inexplorados. Hay hombres que dicen no haber volado jamás. Y todos, sin excepción, realizan cada día el vuelo más bello y lejano.
Pongamos, por caso, un hombre o una mujer de treinta y cinco años. O, lo que es lo mismo, que ha completado treinta y cinco vueltas al Sol viajando, volando sobre su planeta, la Tierra. En ese espacio de tiempo la Tierra habrá recorrido, en torno a su estrella madre, la increíble distancia de 32.861.500.000 kilómetros en un movimiento de traslación que ocurre, sin que lo sintamos, a una velocidad vertiginosa de 106.000 kilómetros por hora. Pero la cosa no queda ahí. Sobre sí misma, la Tierra habrá girado 12.775 veces a algo más de 1.000 kilómetros por hora. Y aún hay más. Nuestra gran galaxia, la Vía Láctea, se mueve hacia la constelación de Leo a la increíble velocidad de 600 kilómetros por segundo. O sea, cada hora que transcurre nos movemos más de 2 millones de kilómetros en el espacio. Siendo así, nuestro hombre o mujer, en sus treinta y cinco años, habrá recorrido más de un billón y medio de kilómetros... volando a través del espacio. A través de ese mismo espacio lejano y oscuro, ignoto y frío, que produce un vacío tan enorme como él mismo en el pensamiento humano. Toda una magnífica odisea a través del espacio. Y sin salir de casa.

Héctor Garrido

Viaje a la luz de Doñana. Editorial Rueda, Madrid, 2006

Extraños

De ninguna forma la naturaleza hace seres extraños, tampoco bellezas excepcionales. No existen monstruos horribles, ni en la tierra ni en el mar. El desarrollo de la vida no s un espectáculo. Pero nuestros ojos, nuestros sentidos, sí se extrañan, se emocionan, se asustan. Por tanto, la naturaleza sí es extraña, excepcional, horrible, espectacular: pero en nuestros ojos, a través de nuestros sentidos.

Héctor Garrido

Viaje a la luz de Doñana. Editorial Rueda, Madrid, 2006

The unavoidable revolution

During de Renaissence men ventured to the furthest limitis of the Herat while at the same time forgetting their own. Duch enthusiasm for discovery was porsued and often brought about by the thirst for economic gain. Yet both motives have always been encouraged, based on the conviction that the power of nature is so great that tose wounds inflicted on the Herat will be cured miraculously without the help o fan enlightened hand. Since then the Herat has become smaller and the importante of man as whole has grown greater than ever. Time helps to value the trae achievements of mankind, while at the same time it buries others in oblivion, even though they may have been greatly praised during their own lifetime. If in two or three millions years human beings can look back to the present, this World mean that we have been able to change the course of history, and that we have manager to turn our debt into an everlasting balance with nature. We have no choice but to establish our limitations for the first time. It is a question of survivl and it may well become one of the greatest revolutions of history.


Héctor Garrido

A journey towards the light of Doñana (Viaje a la luz de Doñana). Editorial Rueda, Madrid, 2006

La revolución imprescindible

En el Renacimiento el hombre alcanzó por vez primera los límites del mundo al timepo que olvidaba los suyos propios. El ansia de descubrimiento era perseguida, e incluso a veces anticipada, por el afán de lucro, y ambas han sido siempre animadas por la creencia de que el poder de la naturaleza es tal que las heridas del Planeta sanan milagrosamente, sin que medie, tan siquiera, una mano iluminada. Desde entonces la Tierra se ha hecho infinitamente más pequeña y el hombre, entendido en su conjunto, más grande que nunca. La perspectiva que permite el paso del tiempo ayuda a valorar los verdaderos logros humanos, a la vez que sepulta en el olvido otros, aunque fueran los más aplaudidos en su corto tránsito histórico. Si el ser humano puede dentro de dos o tres mil años volver la vista hacia la época en que vivimos hoy, significará que hemos sido capaces de variar el curso de la historia y convertir nuestra usura en un equilibrio perdurable con la naturaleza. Forzosamente el hombre de hoy se tiene que autolimitar por vez primera. Va en ello su supervivencia. Y es más que probable que sea esta una de las mayores revoluciones de la historia.

Héctor Garrido

(Viaje a la luz de Doñana, Editorial Rueda, Madrid, 2006)

Pasiones confesadas (I)

El pescador sin mar

En el barrio alto de Sanlúcar de Barrameda sobrevive a duras penas el Museo del Mar de José María Garrido, una curiosa colección de objetos marinos recogidos a lo largo de 35 años.

Si pronto amanece es porque la mente anduvo entretenida sin notar el paso del tiempo. De hecho, las horas se alargan o contraen dependiendo de la atención que se les preste y en consecuencia la vida se alarga o contrae viviéndola o midiéndola, según. En Sanlúcar de Barrameda, José María Garrido decidió ocuparla entera con un mar sin agua. Setenta años que han debido pasar sin sentirse porque Garrido hoy es tan niño como debió serlo en la Sanlúcar por la que pasó la Guerra Civil Española. Como le correspondió por el tiempo en que le tocó vivir, se echó a la mar con dieciocho años tras crecer, poco a poco y con cada marea, en las orillas de Bajo de Guía. Duró su aventura marinera lo que el mar decidió que durara. Él se echó al mar y con el tiempo el mar lo echó a él, el día en que su compañero fue devorado por una tempestad que marcó para siempre una nítida línea sobre la que navegaría el resto de su vida.



Hoy José María Garrido hace suyas las máximas de otros. Las escribe con preciosa letra azul y las cuelga en cartoncitos sobre las paredes completamente cubiertas de caracolas marinas. Frases célebres de autor conocido o nacidas de la conciencia popular, retocadas con pinceladas de tierna ingenuidad. Vírgenes marinas tienen sus altares de conchas y caracolas en lugares de honor. Su casa es el mar en si mismo, su mar. Un mar sin agua.



Destila Garrido, como el vino de Sanlúcar, un poso de pueblo llano, sutilmente aromatizado por un hálito extranjero, el que recibió durante ocho años en Francia, a donde partió sin despedirse siquiera de su madre, ya que su sola imagen le hubiera impedido comenzar el viaje. Huyó del recuerdo de su compañero muerto, renegando de su verdadera profesión de patrón, de marino, de pescador.



Si el mar lo echó de su lecho, él decidió llevarlo consigo allá donde no podía llegar, y lo alzó al barrio alto de Sanlúcar y lo encerró para siempre en la sentina de su barco. Así se lo parecerá, desde luego, a todo aquel que oiga el arrullo que sus manos provocan al remover las miles de cáscaras de cañadillas que ha acumulado para evocar la orilla en calma. Ceremoniosamente Garrido apaga la sucia bombilla e invita al visitante a soñar en la oscuridad mientras mueve y remueve con delicada maestría los cascarones marinos. Así resuenan cada día las olas que hace llegar a la orilla de su mar de ensueño, arrastrando la arena, las conchas y los recuerdos para devolverlos al mar de donde nunca debieron salir.



En el mar de Sanlúcar y Doñana encuentra sus tesoros. "Hay dos tipos de tesoros en la playa de Doñana: los que se ocultan para siempre en la arena de las dunas y los que trae el mar y deposita cada día. Los primeros se encuentran de casualidad, andando y andando. Los segundos los indican las gaviotas posadas en la orilla". Hay días que Garrido ha cargado en sacos hasta cuarenta kilos de conchas y desechos marinos. Al fin y al cabo, la basura que cada día amanece en la orilla, no es más que la devolución que el mar nos hace de lo que es nuestro. Cuando la cantidad de tesoros encontrada es demasiado grande, Garrido los entierra en las dunas para poder volver en sucesivas ocasiones hasta transportarlos completamente a su barco. Los cubos de basura de la lonja, del mercado y de los bares también esconden tesoros. De ahí obtiene las amenazadoras mandíbulas de tiburón, que luego limpia a tenaza y cuchillo y saca a la venta en la Plaza del Cabildo. "Hoy se ha dado bien, he cogido diecisiete" comenta, mientras observa con orgullo el pestilente cubo donde asoman del agua turbia unos amenazadores dientes de escualo que han llenado sus manos de cicatrices.



Tampoco es fácil sobrevivir en el mar en el que navega. Apenas sesenta euros le han quedado de paga después de ocho años de trabajo en Francia. Lo demás viene de la generosidad del visitante y de la venta de las bocas de los tiburones. Las redes que cala cada día en su mar sólo pescan sueños, y los sueños no se comen.
Su barco mide catorce metros de eslora y seis de manga, justamente la medida de la azotea de su casa del siglo XVI, anclada para siempre en el sanluqueño callejón del Truco, antaño casa de amores portuarios. El barco de Garrido tiene por tripulación tres o quizás cuatro marineros, que en su anterior vida, ejercían de cabezas de maniquíes en alguna trasnochada tienda de ropa o de vasija de barro pulida por el roce del mar. Tres palos aguantan las velas roídas y ridículas, que nunca consiguieron mover el barco del mundo de abajo, donde el Rey Neptuno de la especulación pincha cada día un poco con su tridente al casco del viejo buque esperando verlo caer para levantar en su lugar paraísos hipotecables.


No hay duda de que Garrido con su barco de Peter Pan tendió un puente desde la niñez hasta su madurez, y va y viene de una a otra todo el tiempo y sin control. En la cubierta de su barco, allá en la azotea de lo que en tiempos debió ser una casa, hay una caña de pescar de cuyo sedal cuelga un pequeño pez de metal. La malicia infantil de Garrido brota a borbotones de sus ojos cuando, preguntado por el pez, tira de otro sedal mayor para sacar de su mar de aire, entre carcajadas, un gigantesco pez de chapa que sacude dándole vida para alborozo del visitante. Más tarde, el rostro de niño se vuelve adulto y triste mientras muestra su pieza más sentida: derritiendo pequeñas muñecas de plástico sobre conchas marinas ha creado su propia aportación para que el triste recuerdo de la barbarie humana que supuso la segunda guerra mundial no quede preso del olvido. Bajo el pequeño monumento un letrero reza "en memoria del holocausto judío, paz".


El mar que rodea el mundo de Garrido, hecho de aire y mas aire, huele a bodega y pescado podrido. Bajo su superficie vive Sanlúcar cada día. Si el visitante se asoma a la borda del barco y presta la suficiente atención, podrá ver el mundo real cubierto por el agua: los callejones del viejo pueblo portuario, aún habitado y hoy transitado por turistas y curiosos que ignoran que sobre sus cabezas navega tan magnífico navío. Y es que muchos de sus vecinos desearían que se hundiera para siempre, con sus miles de caracolas y recuerdos. El propio Ayuntamiento le ha vuelto la espalda evitando que conste como museo en cualquier publicación o medio que refleje lo que interesa visitar en la villa. Hoy, de hecho, el barco se tambalea y hace aguas, ya que la demolición de la casa contigua ha debilitado la histórica estructura que lo sostiene y corre peligro de desaparecer bajo la superficie de su mar. José María ha decidido no abandonar el barco y sentencia: "si algún día os enteráis de que el barco ha caído, podéis estar seguros de que Garrido ha muerto". Mientras ese día llega, si es que esos momentos llegan al mundo de los sueños, Garrido anochece en la litera de su camarote, construido fielmente en las entrañas del barco, arrullado por más de ochenta mil caracolas que adornan las paredes. El visitante puede llegar a imaginar cuánto de su alma oculta allí el mar, si en una sola de esas caracolas, pegada al oído, se puede escuchar el alma del mar al completo.

© Héctor Garrido, agosto de 2004 (fotografías y texto).

Pasiones confesadas (II)

Ovíparos en cuatro latas

Felipe Martínez descubrió un día la forma exacta en que los pollitos rompen el cascarón para eclosionar del huevo. Debió ser un momento tan profundamente esclarecedor que su vida cambió bruscamente de sentido para siempre. Hoy vive para demostrar su teoría ante la Ciencia, pero esta gran señora no ha hecho más que mostrarle su cara amarga. A pesar de todo, Felipe persevera. Creyente, un día comprendió que un descubrimiento de semejante tamaño no podía haberle sido encomendado por pura casualidad y decidió hacerlo llegar al mundo, “dedicaré a esto hasta mi último aliento”.



La cosa es simple. La cáscara no es picoteada o mordida para eclosionar. En realidad la cáscara está adherida al diamante del pico o al hocico, en el caso de los reptiles. Durante todo el tiempo que dura la incubación, el embrión respira de la burbuja de aire que se encuentra dentro del huevo, hasta que el oxígeno se acaba, momento que viene a coincidir con el final del desarrollo. Entonces, y ante la inminencia de la asfixia, “en los estertores de la muerte, el pollo o el pequeño reptil se debate moviendo bruscamente la cabeza y ocasionando la rotura del cascarón”. Algunos hechos casuales pueden provocar el desprendimiento del cascarón del diamante y ocasionar, en definitiva, la muerte del polluelo. El paso de un avión o algún ruido brusco o vibrante puede ocasionar este desenlace fatal. Es la parte más interesante de su teoría: “imagínese usted la cantidad de pollitos que podríamos salvar si pudiéramos evitarles la exposición a estos ruidos”.

Su teoría demuestra además por qué los dinosaurios se extinguieron en la Tierra. Según el señor Felipe, el mundo no era como es hoy. “Ahora gira de Este a Oeste, pero antes giraba de Este a Oeste y de Sur a Norte, todo a la vez, de modo que el clima era uniforme en toda la superficie del planeta y los dinosaurios vivían en un interminable paraíso tropical”. Una tremenda lluvia de meteoritos cambió este movimiento por el actual de rotación que hoy nos es tan familiar. El frío de las glaciaciones afectó al desarrollo de los huevos, que no pudieron eclosionar “porque no fueron incubados, ya que hacía mucho frío”.



Felipe viste pantalón y camisa negros y se ayuda de un bastón oscuro. Arrastra con él ochenta y un años, es viudo y sufren por él cinco hijos y algunos nietos. Nacido en Ceclavín, Cáceres, aunque considerado natural de Plasencia, donde ha pasado toda su vida. Vive en una finca denominada “Calzoncillo”, que es todo lo que hace constar en su escueta dirección postal.

Su peregrinar le llevó a Madrid, donde visitó la Universidad Complutense, y allí se entrevistó con d. Francisco Bernis Madrazo, el que fue hasta hace poco el más insigne de los científicos estudiosos de los pájaros de España. Las teorías de Felipe fueron menospreciadas por el profesor, que no volvió a recibirlo. Felipe interpretó que los científicos no podían permitir que un hombre sin estudios desprestigiara la ciencia con una teoría bastarda, por muy interesante que esta fuera. Otro estudioso, del que no recuerdo el nombre, llegó a cartearse con Felipe durante un tiempo. Trasladado a los Estados Unidos se supone que recibía las cartas de Felipe a través de unos familiares en España. Un día Felipe llamó a estos para preguntar la causa de la ausencia de respuesta. Le contestaron que el tal científico había obtenido una plaza (el número uno, por cierto) en una Universidad de California. Felipe nos comenta con dolor y convencimiento que la plaza la obtuvo por el apropiamiento de su teoría de los ovíparos.

Felipe ha llegado desde Plasencia conduciendo su destartalado y llamativo Renault cuatro. Popularmente estos coches eran conocidos cuando eran parte habitual del paisaje rutero español como “cuatro latas”. Sobre la oxidada baca luce en posición vertical un enorme huevo blanco, que con unos pocos tornillos reta las leyes de la gravedad y las de la aerodinámica. Las puertas y el techo están llenos de mensajes pintados con pintura, a mano, que intentan hacer llegar su mensaje al transeúnte: “no pido ni vendo nada. Quiero entregar un mensaje a la humanidad”. También promulga: “reto a la ciencia porque está equivocada”. O sentencia: ”ignorado: ¿hasta cuando?”.



También ha conseguido entrevistarse con Jesús Garzón, con un tal Secundino y ha visitado diferentes organismos oficiales e instituciones científicas. Hace unos días vio una entrevista que hacían a Luís García en televisión y decidió venir a conocerlo al Parque Nacional de Doñana para explicarle su teoría. “Estoy seguro de que ese hombre me va a escuchar. Lo supe cuando lo vi cuidando las aves de Doñana, con ese mimo y ese convencimiento”. Han pasado tres días y aún no ha podido hablar con Luís García. Anda apostado con su viejo Renault Cuatro y una buena carga de embutidos del pueblo a la espera de que aterrice de su vuelo el hombre de los pájaros. Ya hace tiempo que ha visitado distintos programas de televisión, pero se siente objeto de burla y no quiere volver. Así se lo hizo sentir Sardá y también José Luis Coll. Finalmente hoy ha decidido volver a Plasencia, después de pasar varios días acechando al tal Luís García. Desde su casa ha vuelto a insistir llamándolo por teléfono y recibiendo sólo excusas y “ahora no puedo atenderle”. Felipe, tras un silencio triste me dice “están endiosados y no son capaces de escuchar durante tres minutos lo que un viejo tiene que decirles. Ni siquiera saben lo que les voy a contar. Antes de que empiece ya han dicho que no”.

Vive Felipe de una exigua pensión de 40.000 pesetas mensuales (lo que ahora son unos 240 euros). En sus viajes carga el viejo Renault Cuatro de fiambres y con eso puede ir tirando. Se acompaña desde hace poco de una cámara de video donde graba aquello que le llama la atención (las masas de gente que visitaban la aldea del Rocío el día que nos encontramos, por ejemplo). Las cintas que graba las entregará a la vuelta a la televisión local de Plasencia, para que sus vecinos puedan ver los lugares donde ha estado.



Tiene publicado un pequeño folleto que regala al curioso con las bases de su descubrimiento. Lo ha titulado “Cómo nacen los ovíparos. Lo que ignoran los científicos”. Abre su primera página el lector y encuentra un mensaje en el lugar que suele estar reservado a la dedicatoria: “quiero que esto llegue a la Ciencia y a la Cultura. Ayúdenme”.

Pero ¿qué es la Ciencia?¿Dónde reside tamaño ser? Felipe la busca allá donde oye que aparece. Pero la Ciencia, siempre seria y ocupada, escapa a su persecución.


©Héctor Garrido (Texto y fotografías), 2005

Travel

There are people who never leave their birthplace during their whole life. Some of these people dream of travelling to faraway unexplored lands. There are people who claim they have never flown, yet each and every one of them goes on yhe longest, most beatiful journey every day of their life. Imagine, for instance, a thirty-five-year old man or woman, or in other words someone who has flown around the sun thirty-five times during their existence on earth. During this period the earth will have travelled an incredible distance of 32,861,500,000 kilometres around the mother of all stars, at a vertiginous speed of 106,000 kilometres per hour and we won't have been aware of this movement. And that is not all. The earth will have revolved on its axis 12,775 times at a speed of 1000 kilonetres per hour. And further still, our immense galaxy, the Milky Way, is moving towards the constellation of Leo at an incredible speed of 600 kilometres per second. In others words, as each hour goes by we move more than two million kilometres in space. If that is the case, then our thirty-five-year old man or woman will have travelled more than one and a half trillion kilometres flying through space. Through that dark and distant, cold and unknown expanse that creates a void as vast as the human void. A magnificient epic journey through space. All this without venturing from our homes.

Héctor Garrido

A journey towards the light of Doñana (Viaje a la luz de Doñana). Editorial Rueda, Madrid, 2006

Strange

Nature does not produce living creatures wich are strange, nor any that are spectacularly beatiful. Terrible monsters do not roam the earth or the sea. The evolution of life is not an extravaganza. Yet when our eyes and our feelings are surprised by something they become agitated and afraid. So nature becomes strange and odd, horrifying and shocking, but it is only because of our own eyes and feelings that we see it like this.

Héctor Garrido

A journey towards the light of Doñana (Viaje a la luz de Doñana). Editorial Rueda, Madrid, 2006