El pescador sin marEn el barrio alto de Sanlúcar de Barrameda sobrevive a duras penas el Museo del Mar de José María Garrido, una curiosa colección de objetos marinos recogidos a lo largo de 35 años.Si pronto amanece es porque la mente anduvo entretenida sin notar el paso del tiempo. De hecho, las horas se alargan o contraen dependiendo de la atención que se les preste y en consecuencia la vida se alarga o contrae viviéndola o midiéndola, según. En Sanlúcar de Barrameda, José María Garrido decidió ocuparla entera con un mar sin agua. Setenta años que han debido pasar sin sentirse porque Garrido hoy es tan niño como debió serlo en la Sanlúcar por la que pasó la Guerra Civil Española. Como le correspondió por el tiempo en que le tocó vivir, se echó a la mar con dieciocho años tras crecer, poco a poco y con cada marea, en las orillas de Bajo de Guía. Duró su aventura marinera lo que el mar decidió que durara. Él se echó al mar y con el tiempo el mar lo echó a él, el día en que su compañero fue devorado por una tempestad que marcó para siempre una nítida línea sobre la que navegaría el resto de su vida.

Hoy José María Garrido hace suyas las máximas de otros. Las escribe con preciosa letra azul y las cuelga en cartoncitos sobre las paredes completamente cubiertas de caracolas marinas. Frases célebres de autor conocido o nacidas de la conciencia popular, retocadas con pinceladas de tierna ingenuidad. Vírgenes marinas tienen sus altares de conchas y caracolas en lugares de honor. Su casa es el mar en si mismo, su mar. Un mar sin agua.
Destila Garrido, como el vino de Sanlúcar, un poso de pueblo llano, sutilmente aromatizado por un hálito extranjero, el que recibió durante ocho años en Francia, a donde partió sin despedirse siquiera de su madre, ya que su sola imagen le hubiera impedido comenzar el viaje. Huyó del recuerdo de su compañero muerto, renegando de su verdadera profesión de patrón, de marino, de pescador.

Si el mar lo echó de su lecho, él decidió llevarlo consigo allá donde no podía llegar, y lo alzó al barrio alto de Sanlúcar y lo encerró para siempre en la sentina de su barco. Así se lo parecerá, desde luego, a todo aquel que oiga el arrullo que sus manos provocan al remover las miles de cáscaras de cañadillas que ha acumulado para evocar la orilla en calma. Ceremoniosamente Garrido apaga la sucia bombilla e invita al visitante a soñar en la oscuridad mientras mueve y remueve con delicada maestría los cascarones marinos. Así resuenan cada día las olas que hace llegar a la orilla de su mar de ensueño, arrastrando la arena, las conchas y los recuerdos para devolverlos al mar de donde nunca debieron salir.

En el mar de Sanlúcar y Doñana encuentra sus tesoros. "Hay dos tipos de tesoros en la playa de Doñana: los que se ocultan para siempre en la arena de las dunas y los que trae el mar y deposita cada día. Los primeros se encuentran de casualidad, andando y andando. Los segundos los indican las gaviotas posadas en la orilla". Hay días que Garrido ha cargado en sacos hasta cuarenta kilos de conchas y desechos marinos. Al fin y al cabo, la basura que cada día amanece en la orilla, no es más que la devolución que el mar nos hace de lo que es nuestro. Cuando la cantidad de tesoros encontrada es demasiado grande, Garrido los entierra en las dunas para poder volver en sucesivas ocasiones hasta transportarlos completamente a su barco. Los cubos de basura de la lonja, del mercado y de los bares también esconden tesoros. De ahí obtiene las amenazadoras mandíbulas de tiburón, que luego limpia a tenaza y cuchillo y saca a la venta en la Plaza del Cabildo. "Hoy se ha dado bien, he cogido diecisiete" comenta, mientras observa con orgullo el pestilente cubo donde asoman del agua turbia unos amenazadores dientes de escualo que han llenado sus manos de cicatrices.

Tampoco es fácil sobrevivir en el mar en el que navega. Apenas sesenta euros le han quedado de paga después de ocho años de trabajo en Francia. Lo demás viene de la generosidad del visitante y de la venta de las bocas de los tiburones. Las redes que cala cada día en su mar sólo pescan sueños, y los sueños no se comen.
Su barco mide catorce metros de eslora y seis de manga, justamente la medida de la azotea de su casa del siglo XVI, anclada para siempre en el sanluqueño callejón del Truco, antaño casa de amores portuarios. El barco de Garrido tiene por tripulación tres o quizás cuatro marineros, que en su anterior vida, ejercían de cabezas de maniquíes en alguna trasnochada tienda de ropa o de vasija de barro pulida por el roce del mar. Tres palos aguantan las velas roídas y ridículas, que nunca consiguieron mover el barco del mundo de abajo, donde el Rey Neptuno de la especulación pincha cada día un poco con su tridente al casco del viejo buque esperando verlo caer para levantar en su lugar paraísos hipotecables.

No hay duda de que Garrido con su barco de Peter Pan tendió un puente desde la niñez hasta su madurez, y va y viene de una a otra todo el tiempo y sin control. En la cubierta de su barco, allá en la azotea de lo que en tiempos debió ser una casa, hay una caña de pescar de cuyo sedal cuelga un pequeño pez de metal. La malicia infantil de Garrido brota a borbotones de sus ojos cuando, preguntado por el pez, tira de otro sedal mayor para sacar de su mar de aire, entre carcajadas, un gigantesco pez de chapa que sacude dándole vida para alborozo del visitante. Más tarde, el rostro de niño se vuelve adulto y triste mientras muestra su pieza más sentida: derritiendo pequeñas muñecas de plástico sobre conchas marinas ha creado su propia aportación para que el triste recuerdo de la barbarie humana que supuso la segunda guerra mundial no quede preso del olvido. Bajo el pequeño monumento un letrero reza "en memoria del holocausto judío, paz".
El mar que rodea el mundo de Garrido, hecho de aire y mas aire, huele a bodega y pescado podrido. Bajo su superficie vive Sanlúcar cada día. Si el visitante se asoma a la borda del barco y presta la suficiente atención, podrá ver el mundo real cubierto por el agua: los callejones del viejo pueblo portuario, aún habitado y hoy transitado por turistas y curiosos que ignoran que sobre sus cabezas navega tan magnífico navío. Y es que muchos de sus vecinos desearían que se hundiera para siempre, con sus miles de caracolas y recuerdos. El propio Ayuntamiento le ha vuelto la espalda evitando que conste como museo en cualquier publicación o medio que refleje lo que interesa visitar en la villa. Hoy, de hecho, el barco se tambalea y hace aguas, ya que la demolición de la casa contigua ha debilitado la histórica estructura que lo sostiene y corre peligro de desaparecer bajo la superficie de su mar. José María ha decidido no abandonar el barco y sentencia: "si algún día os enteráis de que el barco ha caído, podéis estar seguros de que Garrido ha muerto". Mientras ese día llega, si es que esos momentos llegan al mundo de los sueños, Garrido anochece en la litera de su camarote, construido fielmente en las entrañas del barco, arrullado por más de ochenta mil caracolas que adornan las paredes. El visitante puede llegar a imaginar cuánto de su alma oculta allí el mar, si en una sola de esas caracolas, pegada al oído, se puede escuchar el alma del mar al completo.
© Héctor Garrido, agosto de 2004 (fotografías y texto).